El Instrumento personal de Dios

DIOS fue quien me llamó, me for­mó y después de crib­arme con numerosas  prue­bas me eligió para ser Su Instru­men­to per­son­al. Yo soy Instru­men­to úni­ca­mente Suyo, de DIOS. ¿Qué sería el mar­tillo o el pin­cel sin la mano del Mae­stro? De igual modo, no soy abso­lu­ta­mente Nada en Su mano. Yo fui elegi­do des­de fuera de sus filas jer­ar­quicas ecle­siás­ti­cas. Fui elegi­do para hablar y obrar, libre de toda obligación y coac­ción jerárquica, tal y como DIOS me dic­ta en mi corazón.

Soy obis­po con­sagra­do por la mano de la Igle­sia y nues­tra juris­dic­ción com­prende y abar­ca direc­ta­mente a JESUCRISTO, quien es cabeza sober­ana de la Igle­sia. Aun cuan­do se trate de algo extra­or­di­nario, nues­tra Igle­sia es cono­ci­da por la Igle­sia ofi­cial y se fun­da­men­ta unán­ime­mente sobre legal­i­dad ecle­siás­ti­ca.

Bau­ti­za­do en 1937 en la Igle­sia Católi­ca Romana con el nom­bre de Niko­laus Andreas, DIOS me instruyó des­de mi infan­cia en un tra­to ínti­mo con Él. Después sigu­ieron años de sequedad y ter­ri­bles ataques prove­nientes des­de el infier­no, en los que DIOS bien sabe, no siem­pre salí vic­to­rioso, pero, como JESÚS me dio a cono­cer, en mi corazón nun­ca cedí a estos ataques.

Para poder ser Su Instru­men­to, DIOS me equipó con todo lo nece­sario e impre­scindible para ello. Para ello puso en mí, por ejem­p­lo, los sen­timien­tos del corazón de JESÚS, si bien, no estoy seguro has­ta qué pun­to. Al prin­ci­pio, me resultó extremada­mente difí­cil cuan­do empecé a ver y oír, a exper­i­men­tar la ale­gría y sobre todo el sufrim­ien­to con estos sen­timien­tos del Corazón de JESÚS.

Uno de los sen­timien­tos más ter­ri­bles que sufro, es el dolor de JESÚS por Su ama­da Esposa, la San­ta Igle­sia, que se encuen­tra tan pro­fun­da­mente cega­da por el humo de Satanás, que ya resul­ta imposi­ble que sur­ja de ella un obis­po capaz de sal­var a la Igle­sia. No es por fal­ta de can­didatos de bue­na fe en la Igle­sia, si no son las estruc­turas jerárquicas de la Igle­sia actu­al que apa­garían cuan­quier inten­to por parte de alguien con bue­na vol­un­tad por cam­biar las cosas, alguien que desee obrar con el Espíritu de JESÚS. Los pocos fieles en las altas esferas de la igle­sia creen estar hacien­do el bien, pero, ¡no actúan según el Corazón de JESÚS! Ya no hay ni sal, ni fuego en la Igle­sia de CRISTO. Lo que parece fuego a los ojos de los creyentes, no es si no un mero fuego de papel que se rea­v­i­va una y otra vez, que arde con fuerza, pero que inmedi­ata­mente se vuelve a reducir a cenizas!

Obis­po Espa­da

Nos encon­tramos en el tiem­po pro­fe­ti­za­do, en el que inclu­so los jus­tos se extravían, si DIOS no acude en Su ayu­da. Por tan­to, DIOS envía a Su Obis­po Espa­da des­de fuera. Esta ayu­da que pro­cede de fuera ya ha sido pro­fe­ti­za­da. Pero como ocur­rió en su día con JESÚS, la Igle­sia vuelve a caer en el error de no quer­er recono­cer lo que no ha surgi­do de su propia escuela y de su benev­o­len­cia.

Para poder ser Su Instru­men­to, DIOS me equipó con todo lo nece­sario e impre­scindible para ello. Para ello puso en mí, por ejem­p­lo, los sen­timien­tos del corazón de JESÚS, si bien, no estoy seguro has­ta qué pun­to. Al prin­ci­pio, me resultó extremada­mente difí­cil cuan­do empecé a ver y oír, a exper­i­men­tar la ale­gría y sobre todo el sufrim­ien­to con estos sen­timien­tos del Corazón de JESÚS.

Uno de los sen­timien­tos más ter­ri­bles que sufro, es el dolor de JESÚS por Su ama­da Esposa, la San­ta Igle­sia, que se encuen­tra tan pro­fun­da­mente cega­da por el humo de Satanás, que ya resul­ta imposi­ble que sur­ja de ella un obis­po capaz de sal­var a la Igle­sia. No es por fal­ta de can­didatos de bue­na fe en la Igle­sia, si no son las estruc­turas jerárquicas de la Igle­sia actu­al que apa­garían cuan­quier inten­to por parte de alguien con bue­na vol­un­tad por cam­biar las cosas, alguien que desee obrar con el Espíritu de JESÚS. Los pocos fieles en las altas esferas de la igle­sia creen estar hacien­do el bien, pero, ¡no actúan según el Corazón de JESÚS! Ya no hay ni sal, ni fuego en la Igle­sia de CRISTO. Lo que parece fuego a los ojos de los creyentes, no es si no un mero fuego de papel que se rea­v­i­va una y otra vez, que arde con fuerza, pero que inmedi­ata­mente se vuelve a reducir a cenizas!

Nos encon­tramos en el tiem­po pro­fe­ti­za­do, en el que inclu­so los jus­tos se extravían, si DIOS no acude en Su ayu­da. Por tan­to, DIOS envía a Su Obis­po Espa­da des­de fuera. Esta ayu­da que pro­cede de fuera ya ha sido pro­fe­ti­za­da. Pero como ocur­rió en su día con JESÚS, la Igle­sia vuelve a caer en el error de no quer­er recono­cer lo que no ha surgi­do de su propia escuela y de su benev­o­len­cia.

Obis­po Espa­da

JESÚS me dijo el día de mi orde­nación epis­co­pal:

 “¡SÉ TÚ MI OBISPO ESPADA!

Estás aquí para instru­ir a los fal­tos de conocimien­to y sacar a la luz las maquina­ciones sec­re­tas de Satanás”.

A esta mis­ión el SALVADOR añadió más tarde la ren­o­vación de su Igle­sia en el ESPÍRITU SANTO.

Para ello, hemos inten­ta­do en más de una ocasión con­seguir una audi­en­cia con el Papa. ¡Sin embar­go nues­tra peti­ción has­ta la fecha no ha sido aten­di­da!

Sé que es muy difí­cil recono­cer a un obis­po con­sagra­do sin el con­sen­timien­to de la Igle­sia ofi­cial. Sin embar­go, el Cielo con­fir­ma esta con­sagración a través de sig­nos y mar­avil­las: los muer­tos resuci­tan, los enfer­mos se curan, los pecadores se con­vierten… La ben­di­ción de DIOS se man­i­fi­es­ta de muchas e innu­mer­ables maneras.ellos que argu­men­tan, que tam­bién el demo­nio puede hac­er mila­gros y “mar­avil­las”, aquí tienen mi respues­ta: Éste jamás podrá plan­tar el man­damien­to prin­ci­pal, el AMOR a DIOS y al próji­mo, en los cora­zones de las gentes y nun­ca podrá hac­er arder este AMOR. Tam­bién es abso­lu­ta­mente imposi­ble que despierte la vir­tud de la ver­dadera humil­dad. ¡Y pre­cisa­mente todo esto es el fru­to de nue­stro tra­ba­jo en el nom­bre y con el poder de DIOS!

Recono­ci­dos doc­tores en teología, dere­cho canóni­co y litur­gia, así como almas dotadas de dones extra­or­di­nar­ios, me con­fir­maron que venía de DIOS y cer­ti­fi­caron mi con­sagración.

En aquel tiem­po JESÚS dijo:
”¡Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tier­ra, porque habi­en­do escon­di­do estas cosas de los sabios e instru­i­dos, se las has rev­e­la­do a los que son como niños! Sí, Padre, porque esa fue tu bue­na vol­un­tad “. (Mateo 11,25s)